cash advance
Desarrollo, buen vivir y felicidad. Una aproximación desde los indígenas amazónicos Imprimeix Correu electrònic
Identitat - Identitat
divendres, 21 de gener de 2011 12:04

Tags: Bon viure | indígenes

Elena Burga Cabrera y José Álvarez Alonso

"En mi tierra yo me levantaba tranquilo por la mañana. No tenía que preocuparme de ropa porque mi casa estaba aislada, rodeada de mis chacras y del monte. Con toda paz me quedaba mirando la naturaleza inmensa del río Santiago, mientras mi señora preparaba el fuego. Me refrescaba en el río y salía con la canoa a dar una vuelta para traer algunos cunchis o tarrafear unas mojarras, todavía con las primeras luces. Sin preocuparme de la hora, regresaba. Mi señora me recibía contenta; preparaba los pescados y me daba mi cuñushca, mientras me calentaba junto al fuego. Conversábamos mi señora, mis hijos y yo hasta que la conversación se acababa. Después ella se iba a la chacra y yo, con mi hijo varón, al monte.

 Andando por el monte enseñaba a mi hijo cómo es la naturaleza, nuestra historia, todo según mi gusto y las enseñanzas de nuestros antepasados. Cazábamos y regresábamos contentos con la carne del monte. Mi señora me recibía feliz, recién bañada y peinada, con su tarache nuevo. Comíamos hasta quedar satisfechos. Si quería descansaba, si no visitaba a los vecinos y hacía mis artesanías; luego llegaban mis parientes y tomábamos masato, contábamos anécdotas y, si la cosa se ponía bien, terminábamos bailando toda la noche.”

(Andrés Nuningo del Pueblo Indígena Wampis, Río Santiago – Amazonía peruana)

Esta es una de las tantas descripciones del antiguo modo de vida que se suele escuchar a los indígenas amazónicos que han emigrado por distintos motivos a zonas urbanas… Ése es, hasta cierto punto, lo que muchos de ellos llamarían “Vivir Bien”.

A pesar de que en las últimas décadas los indígenas han empezado a demandar acceso a un conjunto de bienes y servicios que llamaremos “occidentales”, como buenas escuelas, puestos de salud, agua potable, luz y otros - como cualquier ciudadano del Mundo –, ello no ha significado que dejen de valorar una serie de elementos fundamentales que hacen que un indígena se sienta bien en su pueblo, en su comunidad, en su familia. Aquellos aspectos más profundos que le permiten gozar de “bien – estar” o “estar bien en la vida” siguen estando muy vinculados a la relación que establecen con la naturaleza y con los seres que habitan en él - tanto seres humanos como seres no humanos -  y que expresan la concepción particular que tienen del mundo, de la vida y de la naturaleza.

En efecto, si bien la mayoría de las comunidades indígenas hoy en día no se conforman con vivir como hace 50 ó 70 años, y definitivamente aspiran a tener mejores comodidades y servicios, saben que eso no garantiza en absoluto el “buen vivir”. Volviendo a la cita de Andrés Nuningo, es evidente que para él, como para la mayoría de los indígenas, el tener las habilidades necesarias para conseguir “mitayo” (carne de animales) a través de las actividades productivas tradicionales, el tener una familia con quien compartir la comida (mejor si la familia es numerosa), el poder compartir con otros parientes y vecinos parte de ese mitayo (como lo harán ellos cuando también lo obtengan) y contar las anécdotas vividas en sus experiencias de caza y/o pesca, el tomar masato y celebrar bailando, el poder descansar con la satisfacción de haber logrado el cometido, el no tener prisas ni horarios, sino seguir el ritmo de la naturaleza… En fin, eso que él describe tan gráficamente, significa para muchos indígenas -aún hoy en día- el ideal del vivir bien.

El buen vivir y la relación con la naturaleza

Ahora bien, lo que Andrés no dice explícitamente pero saben bien todos los indígenas es que, para lograr todo eso, para llevarse bien con tu mujer y criar bien a tus hijos, para poder compartir y festejar con los demás parientes y vecinos, para no tener conflictos, para no enfermarte, para que no te falte el mitayo y tener siempre “suerte” en la pesca y la caza, etc., hay que pedir permiso y tener una buena relación con los “dueños” del bosque, con las “madres” de los animales y las plantas, del río y del monte; hay que seguir ciertas normas, no comer determinados alimentos y más bien ingerir otros, saber decir los “discursos”[1] adecuados y “curarse”[2].

Y es que en esto radica la gran diferente entre la visión indígena del mundo (de la naturaleza y de la vida) de la visión occidental. En efecto, si en la concepción occidental el ser humano es considerado como un ser superior que está por encima de la naturaleza, y a ésta como una simple mercancía utilitaria para el desarrollo, en la cosmovisión indígena tanto los seres humanos como los recursos naturales (animales, plantas, ríos, cochas, monte, cerros, etc.) y los espíritus que en ellos habitan, son parte integrante de un mismo universo socio-natural.

Para la cosmovisión indígena, existe una relación de reciprocidad entre los seres o espíritus de la naturaleza y los seres humanos: muchos animales y plantas son más que recursos que sirven al hombre para satisfacer sus necesidades, son gente (en muchos casos parientes que regresan en esa forma); son seres con quienes tienen que convivir en armonía y que, si bien los necesitan para alimentarse y sobrevivir, no los consideran mercancía. Por ello, relacionarse adecuadamente con las ‘madres’ del bosque o de las ‘cochas’ (lagos) lleva consigo un intercambio, hay un pago, una retribución que se expresa en cantos, discursos de pedido y agradecimiento… un verdadero sentido de reciprocidad. Transgredir las reglas de relación armónica con estos seres puede traer consigo el fracaso total en lo personal, lo familiar, lo productivo y social.

Es por ello que muchos ancianos atribuyen los diversos problemas que se viven en las comunidades hoy en día, cosas que impiden el “Buen Vivir” (como los problemas de contaminación, de enfermedades, de conflictos familiares y abandonos, de fracaso en lo productivo, etc.), al abandono o alejamiento de las nuevas generaciones de estas normas sociales de convivencia y de relación armónica con los seres de la naturaleza y con otros seres humanos. Son las consecuencias de haber dejado de lado un conjunto de prácticas de curación, de discursos de permiso y agradecimiento, de no seguir las prescripciones y prohibiciones que ayudan al “buen vivir”.

El “buen vivir” es un concepto indígena que no es nuevo, pero ha sido puesto de relieve recientemente por antropólogos como la peruana Luisa E. Belaúnde. El concepto del “buen vivir” ha sido extensamente analizado entre los Secoya de Perú y los Kichwa de Ecuador; parte de una versión indígena ancestral (Sumak Kawsay en Kichwa), que propone medidas de equilibrio y complementariedad de los seres humanos entre sí y con su entorno natural. Algo que, curiosamente, coincide con las tendencias modernas citadas más arriba.

El caso del pueblo Secoya (ríos Napo y Putumayo, en Perú) es emblemático: este pacífico pueblo es conocido por sus principios y prácticas orientadas a mejorar la convivencia y la paz entre las personas, usando conceptos como “vivir bien” y “pensar bien”. Por ejemplo, y citando a Belaúnde, “en lugar de apelar a principios políticos de organización residencial y jerarquía social para mantener el orden y el buen espíritu de la comunidad, ellos apelaban a la capacidad de cada una de las personas de contribuir efectivamente a su bienestar personal y al desarrollo de la vida colectiva”.

Es pertinente destacar que el “buen vivir” de los amazónicos, a su propio entender, no es alcanzable en términos individuales, algo que difiere marcadamente del enfoque individualista y competitivo del modelo “occidental” o neoliberal: para los amazónicos, una persona no puede llevar una vida placentera y plena sin buenas relaciones con su entorno social, con sus vecinos, con su comunidad, y con su entorno natural. No puedo dejar de comparar esta visión con la de sectores crecientes en los países del Norte, que privilegian una vida rodeada de comodidades y repleta de posesiones, pero pobre en relaciones sociales.

¿Son pobres los indígenas amazónicos?

Los indígenas amazónicos, siguiendo los criterios e indicadores “objetivos” usados actualmente por los organismos nacionales e internacionales para medir la pobreza o el desarrollo, son considerados extremadamente pobres. Sin embargo, esta categorización sólo tiene en cuenta los ingresos económicos y el acceso a servicios considerados básicos por la civilización occidental (agua potable, luz eléctrica, salud, educación escolarizada).

Cualquiera que ha tenido la oportunidad de vivir en comunidades indígenas amazónicas puede certificar, sin embargo, que esta valoración es sesgada e inexacta, pues no considera aspectos de la vida absolutamente relevantes para valorar su plenitud y, en especial, las necesidades ontológicas del ser humano. Sin restar el valor a las indudables ventajas de muchos servicios y tecnologías de la modernidad, tampoco se puede alegremente descalificar el modo de vida tradicional de los indígenas, quienes durante milenios tuvieron las necesidades básicas razonablemente satisfechas: agua limpia a discreción, educación propia basada en sus valores y necesidades básicas, una vida aceptable, vida saludable, alimentos y otros recursos básicos en abundancia, un entorno natural y social acogedor e inclusivo y, sobre todo, libertad, ese privilegio del que carecen hasta los que se consideran más ricos y afortunados en las sociedades occidentales. Tan injusto sería calificar a los indígenas como pobres, como calificarlos de ignorantes, cuando poseen invalorables conocimientos sobre su entorno y las habilidades necesarias para manejarse en el y manejarlo para su subsistencia.

“Calidad de vida” versus “nivel de vida”

Si se valorase a las sociedades indígenas no en términos de “nivel de vida” (valorado por el acceso a los bienes y servicios occidentales) sino en términos de “calidad de vida”, es decir, de acuerdo con estándares de lo que las sociedades indígenas consideran como satisfactorio para ellos, en concordancia con las necesidades y aspiraciones que ellos mismos juzgan como prioritarias, seguramente tendríamos que reconocer que, en realidad, son bastante ricos, al menos en comparación con algunos sectores urbanos o urbano marginales.

Aún en el llamado “primer mundo” se distingue cada vez más entre “nivel de vida” y “calidad de vida”, y hay crecientes críticas al uso de los citados indicadores y al PBI y las cifras macroeconómicas para evaluar el desarrollo y la vida de las personas. Han surgido nuevos indicadores, con criterios más integrales y valoración de aspectos socioculturales y ambientales –menospreciados por el neoliberalismo como “externalidades”-, como el llamado Indicador de Riqueza Genuino (IRG), que valora la calidad de vida, y el Índice del Planeta Feliz (IPF), que pone énfasis en temas ambientales y conceptos como la “vida sana”.

Sin embargo, la Amazonía no es el Planeta Pandora de la película Avatar: el mundo de los pueblos indígenas está cambiando radicalmente en las últimas décadas, con la paulatina integración a la economía de mercado y a la sociedad nacional, el crecimiento de la población y la presión creciente sobre sus recursos naturales. Su gran reto es mantener esos valores, esa cosmovisión y ese enfoque tan pragmático, positivo y alegre de la vida al tiempo que acceden a los beneficios de la tecnología y la modernidad en general.

Si los pueblos indígenas llegan a superar sus problemas de desnutrición (debida en buena medida a la sobre explotación de los recursos faunísticos y pesqueros) y de falta de ingresos económicos para adquirir algunos bienes occidentales, y logran manejar y dar valor agregado a los recursos que todavía abundan en sus territorios y acceder a un justo pago por los servicios ambientales que prestan sus bosques, no dudo que podrán llegar a lograr un desarrollo humano más integral, armónico y sostenible –ambiental, social y económicamente-, ése que sigue siendo tan elusivo para las sociedades citadinas.


[1] Especie de rezos, cantos, expresiones que se dicen en determinados momentos para pedir permiso a los espíritus, por ejemplo, para ir a cazar. 

[2] Los padres, desde niños, ‘curan’ a sus hijos con algunos preparados de plantas medicinales o partes de algunos animales para que tengan determinadas habilidades.