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Independencia, el sueño hecho añicos PDF Imprimir E-mail
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Lunes, 01 de Diciembre de 2014 00:00

Hace exactamente 20 años, en diciembre de 1994, Yeltsin envió el ejército a Chechenia para "restablecer el orden constitucional" en esa república del Cáucaso que, tres años antes, se había declarado independiente.

Desde que el Imperio Ruso conquistó Chechenia en el s. XIX, ésta ha intentado independizarse en diversas ocasiones. ¿Cuáles han sido estos intentos, cómo se gestó el proceso político que culminó con una declaración unilateral de independencia en 1991 y por qué ésta se vio abocada al fracaso?

La conquista rusa del Cáucaso

Chechenia, como el resto del Cáucaso, fue ocupada militarmente por Rusia a mediados del s. XIX, tras una sangrienta guerra que se prolongó durante casi un siglo. Desde 1859 el territorio checheno pasó a ser una colonia periférica del Imperio Ruso en el que se impusieron condiciones de vida draconianas para la población autóctona.

Durante los años de la Revolución Rusa y la guerra civil (1917-1921) estallaron diversos enfrentamientos entre caucásicos y rusos. En 1919 se constituyó la República de las Montañas del Cáucaso Norte (que reunía las actuales regiones de Daguestán, Chechenia, Ingushetia, Osetia del Norte y Kabardino-Balkaria), y declaró la independencia. Durante la Guerra Civil, los Montañeses mantuvieron duros combates contra las tropas del ejército blanco, que finalmente tomaron el control de la región. En 1919, la República de las Montañas dejó de existir.

De sus cenizas surgió una entidad más efímera y radical: el Emirato del Cáucaso Norte. Creado en 1919 por el jeque sufí Uzun Hadyi, abarcaba el mismo territorio que la inicial República de las Montañas, aunque se diseñó como un estado islámico regido por la sharia. En esta ocasión, fue el Ejército Rojo quien se encargó de “poner orden” e instaurar el dominio soviético.

Se produjeron levantamientos posteriores, en los años veinte y treinta, y en 1936 se constituyó la República Socialista Soviética Autónoma de Chechenia-Ingushetia, que fue abolida en 1944 cuando Stalin acusó a los chechenos y los ingushes de colaboracionismo con los nazis.

Stalin llevó a cabo la deportación en masa de toda la población a Siberia y Kazajstán. La práctica totalidad de chechenos e ingushes, unas 400.000 personas, fueron trasladadas en trenes de ganado, en pleno invierno, hacia su nuevo destino. La deportación, que fue acompañada de ejecuciones masivas, supuso la muerte de aproximadamente un tercio de la población.

Después de haber expulsado a los chechenos e ingushes de sus tierras, el régimen soviético borró de los mapas los nombres de las repúblicas liquidadas y destruyó los signos de su cultura, sin preservar ni cementerios ni mezquitas. Finalmente, envió a miles de rusos, ucranianos, georgianos y osetios a ocupar las casas que habían quedado vacías.

La rehabilitación oficial no se produjo hasta 1957, cuando el presidente Jrushov y su política de desestalinización permitió que los pueblos deportados volvieran a sus tierras. El retorno, sin embargo, fue traumático, al encontrarse con sus casas ocupadas por los nuevos colonos. Muchos tuvieron que comprar sus propias casas para poder habitar de nuevo en ellas.

El gobierno soviético nunca restituyó los derechos civiles y políticos de chechenos e ingushes retornados. Les fue vetado ocupar determinados cargos dentro de la administración. Los fiscales y jueces de la República Autónoma de Checheno-Ingushetia eran personas designadas desde otras regiones e incluso los cargos de menor importancia eran controlados estrictamente por los servicios de seguridad.(1)

En áreas estratégicas como la del petróleo, tampoco los chechenos podían ocupar cargos relevantes. Y estas discriminaciones también afectaron el sistema educativo y la cultura: en las escuelas, los libros de texto ensalzaban el papel “civilizador” que supuestamente desempeñó Rusia en el Cáucaso, se falsificó la historia de la guerra civil y el establecimiento del poder soviético en la zona, y se prohibió estudiar la deportación. La enseñanza se impartía exclusivamente en ruso, mientras  que las lenguas chechena e ingush constituían asignaturas diferenciadas en las zonas rurales; en las ciudades, éstas fueron directamente excluidas del programa. 

Renacimiento nacional en Chechenia

Con la llegada de la perestroika, nuevos aires de apertura y liberalización permitieron que emergiera un potente movimiento de liberación nacional en Chechenia.

Empezaron a despuntar diversas organizaciones políticas de corte nacionalista, entre las cuales destacaba el Congreso Nacional del Pueblo Checheno, presidido por Yohar Dudáyev, un general del ejército soviético de origen checheno.

El mencionado Congreso entró en confrontación con el Partido Comunista de Chechenia, hasta que después del golpe de Estado fallido de agosto de 1991 en la URSS, el Partido Comunista fue disuelto y se convocaron elecciones en Chechenia. En esas elecciones, que no fueron limpias, el partido de Dudáyev obtuvo la victoria.

Unas semanas más tarde, aprovechando el contexto de desintegración de la URSS, en el que las 15 Repúblicas Socialistas Soviéticas que la conformaban declararon su independencia (Georgia, Armenia, Azerbaiyán, los Estados bálticos, etc.), Chechenia actuó de la misma manera. Pero su caso era distinto. Mientras que la Constitución de la Unión Soviética reconocía el derecho a la autodeterminación de las 15 Repúblicas mencionadas (artículo 72), no reconocía este derecho en el resto de unidades políticas que la conformaban. Chechenia era una República Autónoma, tenía un rango político inferior. Sin embargo, se apuntó al carro de las mayores y, a principios de noviembre de 1991, sin convocar ningún referéndum, declaró unilateralmente su independencia de Rusia.

La Constitución del nuevo estado, aprobada en marzo del 1992 por el Parlamento checheno, era un modelo estándar de Constitución parlamentaria nacionalista secular. El primer artículo proclamaba: «La República Chechena es un Estado democrático independiente y soberano fundado como resultado de la autodeterminación del pueblo checheno. Ejerce derechos supremos sobre su territorio y riquezas nacionales; de forma independiente decide sus políticas exteriores e internas; la Constitución y las leyes aprobadas tienen superioridad en su territorio. El Estado soberano de la República Chechena es indivisible».

Chechenia independiente

Tras la declaración de independencia, Rusia solo decretó un embargo económico a la región como medida punitiva y, aunque nunca reconoció de iure la independencia de Chechenia, su política parecía apuntar a un reconocimiento de facto. Incluso, en la primavera de 1992, retiró sus fuerzas armadas del territorio.

Mientras tanto, la independencia de Chechenia convirtió esta pequeña república en un lugar idóneo para blanquear petróleo. Los aviones, los trenes, los autobuses, las carreteras y los oleoductos hacia Chechenia estaban funcionando con normalidad y rápidamente poderosos grupos mafiosos cercanos al poder ruso y checheno aprovecharon la coyuntura para convertir Chechenia en una “zona franca” al margen de la ley, donde petróleo, armas y heroína eran exportados sin ninguna traba.

Ningún país reconoció jurídicamente al nuevo autoproclamado estado. Y así, Chechenia lentamente entró en un pozo en el que el ostracismo internacional, el bloqueo económico decretado por Rusia y la propia corrupción del gobierno destruyeron los cimientos de un estado viable.

En diciembre de 1994, el gobierno encabezado por Yeltsin decidió invadir Chechenia para poner fin al proceso secesionista iniciado en el otoño de 1991. La intervención militar vino dada por varios motivos: políticamente, la Chechenia independiente podía convertirse en un ejemplo para otras repúblicas con aspiraciones secesionistas dentro de la Federación de Rusia. Al mismo tiempo, Yeltsin vio la oportunidad de hacer una demostración de fuerza que le ayudaría a aumentar su cuota de popularidad; siendo capaz de mantener el orden y la integridad del territorio, ganaría puntos delante de la sociedad rusa, que sentía no solo nostalgia por el imperio perdido, sino descontento por el capitalismo salvaje que arruinaba el país. Tampoco quería Moscú perder influencia en el Cáucaso Norte, un territorio crucial para su política en sus relaciones con el Cáucaso Sur y en su rivalidad con Irán y Turquía. Y, por último, desde un punto de vista económico, el Kremlin quería recuperar el control de la industria petrolera chechena y el paso de oleoductos y gaseoductos por el territorio.

Bajo la consigna de «restaurar el orden constitucional» y eliminar un «régimen de criminales y bandidos», se lanzó una ofensiva que tenía previsto durar pocos días. Sin embargo, la intervención militar se alargó casi dos años resultando devastadora para la población civil. Si bien los cálculos son estimativos, desde diciembre de 1994 hasta agosto de 1996, se contabilizaron entre 40.000 y 60.000 civiles muertos.

Cabría añadir a esta cifra los más de 300.000 refugiados que provocó la guerra. Teniendo en cuenta que la población chechena era de poco más de un millón de habitantes en 1989, no cabe duda de que la crisis humanitaria que el conflicto ocasionó fue dramática.

El caos hunde la independencia

La primera guerra ruso-chechena terminó en agosto de 1996, después de que la guerrilla chechena liderada por Aslán Masjádov y Shamil Basáyev recuperara el control de la capital, Grozni, y de las principales ciudades chechenas. Se firma entonces el Acuerdo de Jasaviurt, que establecía la retirada de las tropas rusas del territorio checheno y el aplazamiento, hasta el año 2001, de las negociaciones para definir el estatus definitivo de la república.

Unos meses más tarde, en enero de 1997, se llevaron a cabo las elecciones presidenciales. Monitorizadas por la OSCE, que las califica de libres y limpias, las gana el líder moderado de la guerrilla chechena, Aslán Masjádov con el 59,3% de los votos.

Masjádov se encontró con grandes dificultades para gobernar: la actividad económica estaba devastada después de la guerra (el paro llegaba al 80%) y algunos comandantes se negaron a desmantelar sus milicias y entregar las armas. Así, la mayor parte del territorio quedó bajo el control de grupos guerrilleros independientes y bandas criminales, normalmente controladas por comandantes de campo que habían luchado junto a Masjádov y que ahora no querían subordinarse. Cada comandante se convirtió en una especie de caudillo con poder absoluto sobre su «feudo», al que protegía con el apoyo de su clan.

Estos grupos criminales se financiaban, básicamente, con el lucrativo negocio de los secuestros y de la venta de droga, armas y petróleo robado del oleoducto Baku-Novorrosiisk. De Waal, periodista e investigador, experto en el Cáucaso del Centro Carnegie, describe la situación de inseguridad que se vivía en aquel momento en la capital chechena: «La paz solo trajo consigo nuevas pesadillas. Grozni nunca me había resultado más aterradora y, por primera vez, los extranjeros temían por su seguridad a plena luz del día. Cuatro policías me acompañaban en todo momento para disuadir a los secuestradores, que eran no ya los empresarios de mayor éxito de Chechenia, sino literalmente los únicos. Cientos de personas, en su mayoría chechenas, aunque también algunos rusos y extranjeros, habían sido tomadas como rehenes... Casi la totalidad de la población adulta se encontraba sin trabajo, y los insurgentes contrarios al presidente Masjádov eran cada vez más poderosos».[ii]

Este clima de pobreza, caos y armas, favoreció que el fundamentalismo islámico arraigara en Chechenia. Debido al bloqueo económico ruso y al aislamiento internacional, Masjádov no rechazó el apoyo financiero del mundo árabe que, en su mayor parte, llegaba a través de organizaciones salafistas. Con fondos que venían de Qatar, Kuwait, Jordania, Egipto y Arabia Saudí, Muhammad Fahti, jordano de origen checheno que había luchado en Afganistán, atrajo a jóvenes sin empleo a la fe salafista y al yihadismo. Fathi financió una mezquita integrista y un internado para huérfanos similar a los construidos por organizaciones de beneficencia árabes en Pakistán durante la guerra afgana de los años ochenta.[iii]

Sin embargo, estos grupos yihadistas no se financiaban solo con fondos de los países árabes. Al igual que otros señores de la guerra no islamistas, el negocio de los secuestros les reportaba grandes ingresos. Se llegaron a pagar millones de dólares por algún rescate, y hay pruebas que demuestran que los servicios secretos rusos, el FSB, apoyaban estas actividades para socavar el poder de Masjádov[iv]. A fin de cuentas, los objetivos de los islamistas y del gobierno ruso coincidía en aquel momento: conseguir, por todos los medios, el hundimiento del gobierno legítimo checheno y lograr que Chechenia se convirtiera en un Estado fallido.

Debilitado y sin ningún tipo de apoyo exterior, Masjádov responía de la siguiente manera a qué había logrado hacer en su país desde que fue elegido Presidente: «Por desgracia, nada. No he podido reconstruir prácticamente nada. Y la única razón por la que no he logrado instaurar el orden desde 1997 es que tenía miedo de Rusia. Si hubiera intentado poner orden entre los diferentes grupos armados, no habríamos evitado los enfrentamientos internos, lo cual habría desembocado en una guerra civil. Eso es exactamente lo que esperaban y deseaban los rusos para lanzar una nueva ofensiva. Estoy orgulloso de haber evitado al menos eso: la guerra civil. La guerra con los rusos, a fin de cuentas, es mucho mejor que la guerra entre chechenos».[v]

Segunda guerra ruso-chechena

Durante el verano de 1999, un millar de muyahidines norcaucásicos y árabes, liderados por Jattab, Basáyev y el líder salafista daguestaní Kébedov, realizaron una incursión en Daguestán con el fin de crear una república islámica. Sin embargo, se encontraron con la fuerte resistencia de la población local, contraria a vivir en un Estado islámico independiente de Rusia, lo que ayudó a las fuerzas federales rusas a expulsar a los combatientes islámicos, que acabaron replegándose y adentrándose de nuevo en Chechenia.

Paralelamente, en Moscú se estaban produciendo cambios que resultarían decisivos para el futuro inmediato de Chechenia. Yeltsin nombraba como primer ministro al entonces desconocido Vladímir Putin, ex director de los servicios secretos rusos (el FSB), que se convertiría en su delfín en las elecciones presidenciales del año siguiente.

Un mes después de que esto ocurriera, en septiembre de 1999, se produjeron cinco explosiones en edificios de apartamentos en Moscú y otras ciudades rusas que causaron 307 muertos. El pánico cundió entre la población y de inmediato se acusó al «terrorismo checheno», aunque este siempre negó estar involucrado en lo ocurrido. Putin prometió entonces aplicar mano dura, «acorralar a los bandidos en la letrina y eliminarlos a todos».[vi]

Masjádov escribe, entonces, a Yeltsin para asegurarle que ningún checheno estaba implicado en los atentados, y le plantea realizar una acción conjunta contra el terrorismo en Daguestán, pero no solo es desoído, sino que es tildado de ser el principal responsable de lo ocurrido.

El 1 de octubre de 1999 el ejército ruso lanza una dura ofensiva sobre Chechenia con un contingente militar que triplica el de la primera guerra. La supuesta “operación antiterrorista” dirigida solo a eliminar las bases salafistas, rápidamente se transformó en una contienda para ocupar todo el territorio checheno. El uso masivo de artillería y de bombardeos aéreos fue la estrategia rusa dominante durante la campaña, lo que provocó decenas de miles de muertos civiles. De nuevo, al igual que ocurrió en la primera guerra, se infligirán sistemáticas violaciones de los derechos humanos, y los episodios de barbarie contra la población se convertirán, desgraciadamente, en la norma.

Rusia oficialmente nunca libró una guerra contra Chechenia, sino que lanzó una «operación antiterrorista» que no concluyó hasta 2009. Desde esta perspectiva, y teniendo en cuenta que su principal objetivo era «luchar contra el terrorismo internacional», resulta irónico observar cómo la política de destrucción masiva que el Kremlin aplicó consiguió justamente el efecto contrario. Si a principios de 1999 los nacionalistas chechenos eran aún mayoría entre los insurgentes, y la guerra se libraba solo en Chechenia, en 2009 nos encontramos con una insurgencia yihadista que opera en prácticamente todas las repúblicas del Cáucaso Norte y de corte básicamente islamista.

En la actualidad, 20 años después de la entrada de tanques en Grozny, Chechenia formalmente sigue perteneciendo a la Federación Rusa, pero la mayor parte de sus habitantes continúan negándose a sentirse rusos y aseguran “no olvidar ni perdonar” todos los daños inflingidos a su pueblo. El sueño de la independencia, tantas veces hecho añicos, sigue vigente.

Marta Ter



[ii] Prólogo de POLITKOVSKAYA, Anna: Una guerra sucia, RBA, Barcelona, 2003, p. 15.

[iii] WILLIAMS, Brian  Glyn: Ethno-Nationalism, Islam and the State in the Caucasus: Post-Soviet Disorder, Routledge, London, 2007, p. 164.

[iv] Sobre las conexiones entre Boris Berezovskii, en aquel entonces miembro del gobierno ruso y los secuestros efectuados en Chechenia durante el período de entreguerras, véase KLEBNIKOV, Paul: Godfather of the Kremlin, Harcourt Books, Orlando, 2000, pp. 259-266; o el artículo de SHERMATOVA, Sanobar: «Tainaya voina spetsluzhb», Moskovskie Novostei, 8 de agosto de 2000.

[v] NIVAT, Anne: El laberinto checheno, Paidós, Barcelona, 2003, p. 94.

[vi] Muchos analistas han visto, detrás de las explosiones en los edificios de apartamentos, la mano de los servicios secretos rusos. La principal pista es un oscuro incidente que tuvo lugar en la ciudad de Riazán. Un grupo de vecinos descubrió a varios miembros de los servicios secretos rusos colocando explosivos en el sótano de su bloque de pisos. Todo lo ocurrido se analiza en el libro de LITVINENKO, Aleksandr y FELSHTINSKI Yuri: Rusia dinamitada. Tramas secretas y terrorismo de Estado, Alba Barcelona, 2007; y el documental de NEKRÁSOV, Andrey: Incredulidad.

Última actualización el Viernes, 19 de Diciembre de 2014 10:53